El saborde Venezuela

Raíces

Yuca y casabe

Lo que Gilij describe para Caracas muestra ambos panes uno al lado del otro: en las mesas civiles de Caracas, según su observación, estaba de moda servir panes tanto europeos como americanos; se tomaba arepa, casabe o ambos.21

Del sebucán, donde se prensa la yuca rallada, escurre el yare, un jugo que contiene ácido cianhídrico. La masa prensada se cocía sobre el budare y después se secaba al sol. El resultado era el casabe, una torta delgada, de alrededor de un centímetro de grosor y sesenta centímetros de diámetro, que podía conservarse seis meses o más mientras no se mojara. El cultivo y la cosecha de la yuca estaban a cargo de las mujeres, que también cocían el pan.22 En el Orinoco medio, los arqueólogos hallaron en asentamientos de la fase Ronquín, iniciada hacia 650 a. C., numerosos fragmentos de budares, probablemente utilizados ya entonces para preparar casabe.23 Pero la yuca era mucho más que la materia prima del casabe. Hervida acompaña numerosas comidas; en el sancocho comparte el caldo con maíz, papas y otros tubérculos, y frita llega al plato como acompañante. También el yare, tras una cocción minuciosa, se aprovechaba como condimento y, en algunas regiones, para salsas picantes como la catara y el kumache.24

Los españoles ya conocían el casabe de las Antillas. Pero para muchos aquel pan cocido de yuca siguió siendo un alimento extraño. Oviedo le dedicó en 1535 un capítulo entero sobre el pan de los indios.25 Aún más ásperos fueron los juicios de los hombres de los Welser, los banqueros alemanes a quienes Carlos V cedió temporalmente Venezuela. Philipp von Hutten escribió en 1535, durante su marcha hacia Barquisimeto, que allí solo había yuca y maíz, alimentos que perjudicaban incluso a las personas sanas cuando no estaban habituadas a aquella dieta.26 Pese a ello, los conquistadores llevaban casabe como provisión.27 Todavía en 1653, un capuchino del territorio de los cumanagotos y píritus, en el oriente, se lamentaba de que allí no hubiera pan ni vino, aceite ni carne, y de que hubiera que conformarse con un poco de pan de maíz o de raíz de yuca.28 Un refrán venezolano recogido por Santos Erminy Arismendi dice: «Indio no es gente, ni casabe es pan».29

El rechazo, sin embargo, no fue tan absoluto como parece sugerir el refrán. Gilij consideraba en 1781 exagerado llamar al casabe un pan delicado; en realidad, decía, era pan para el hambre, sabroso solo cuando faltaba el pan de trigo.30 En el Dique, en Nueva Granada, estuvo presente cuando José Gumilla preguntó por casabe a unos indios que viajaban en una canoa; en el caldo, aquel pan se deshacía como una papilla, y nadie quería o podía comerlo.31 Por eso, en el viaje de Cartagena a Santa Fe todos comían bizcocho,32 y a Gilij le horrorizaba pensar que en adelante tendría que alimentarse siempre de casabe. Pero en el Orinoco, pocos días después de que se le acabara el bizcocho, encontró precisamente en aquel casabe que tanto había temido un sabor tan singular como jamás había conocido en su propio pan.33 Él mismo lo atribuyó al poder de la costumbre y del hambre cuando falta la comida habitual.34 Recién hecho, escribió, el casabe era muy apreciado; seco se conservaba durante muchos meses, tanto en viajes por tierra como por mar, y también era conocido en los puertos de España.35 Los españoles lo llamaban en broma pan di legno, «pan de madera», porque su masa recordaba al aserrín.36 Cuando Gilij ponía en duda su sabor, se refería al casabe fino y blanco que algunos europeos mandaban preparar. También recogió como juicio de los maipures, un pueblo del Orinoco, que nada salvo el casabe merecía el nombre de pan.37

Aun así, se siguió haciendo y comiendo casabe. Gilij conoció budares de barro y de hierro; los caribes utilizaban los de hierro, que compraban a los holandeses.38 En 1855, la casa comercial Blohm importó desde Liverpool un cargamento de budares de hierro destinados a cocer casabe.39

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