Una arepa con queso, al lado unas tajadas —rodajas fritas de plátano maduro— y una taza de café: hoy esta combinación parece de lo más natural. Durante mucho tiempo, sin embargo, esta comida habría sido históricamente imposible.
El maíz y el budare, la plancha caliente para cocer, ya existían antes de que llegaran los europeos. El queso requería animales que solo llegaron al país con ellos. El plátano cruzó el Atlántico; el café llegó aún más tarde. Pero el origen, por sí solo, no explica una cocina. Lo interesante comienza allí donde las personas hicieron algo propio con lo que ya tenían o con lo que fue llegando.
Por eso, este capítulo no busca un momento en que surgiera de pronto una «cocina venezolana». Sigue el rastro de las plantas, los animales, los utensilios y las formas de trabajo. Se pregunta cómo del maíz nació una arepa y de una raíz venenosa el casabe; cómo un plátano introducido se convirtió en alimento cotidiano, cómo el cacao y el café transformaron el trabajo y el comercio, cómo la sal permitió conservar carne y pescado para transportarlos a largas distancias y cómo un pan de trigo foráneo llegó a convertirse en Caracas en pan de Navidad.